La oración se expande hacia la felicidad de todos
Cuando oramos, primero pensamos en nosotros mismos. Deseamos que las cosas nos vayan bien, tener éxito y ser felices. Cuando vamos un poco más allá, empezamos a orar por nuestros padres, la familia y las personas cercanas. Este también es un corazón valioso.
Pero en el budismo se dice que uno mismo y los demás no están completamente separados. Mi felicidad está conectada con la felicidad de los demás, y también profundamente relacionada con la paz del mundo en el que vivo.
Por eso, la oración no debe quedarse en un corazón dirigido solo a mí; necesita hacerse más amplia. Cuando oramos: “Que todos los seres sean felices”, la mente va más allá de las preocupaciones estrechas y se abre a una compasión mayor.
La enseñanza de respetar toda vida y no dañarla nace del mismo lugar. Si deseo ser feliz, también debo desear la felicidad del mundo al que pertenezco y de los seres que viven conmigo.
Hoy, amplía un poco el alcance de tu oración. Desde tu propio deseo, envía tu corazón a tu familia, a tus vecinos e incluso a personas que no conoces. Dentro de la gran oración que desea la felicidad de todos, tu propia felicidad también se profundiza.
La oración puede comenzar por mí mismo. Sin embargo, como yo y los demás no somos seres separados, mi felicidad está conectada con la felicidad de los demás. Cuando el corazón se ensancha con “Que todos los seres sean felices”, la oración se convierte en compasión más allá de un deseo limitado. Hoy ora no solo por ti y tu familia, sino también por la paz de muchas más personas.