Enderece el eje de la mente, no solo el pasador
Al oír la palabra preceptos, pensamos primero en «no hacer». No matar, no robar, no mentir: estas enseñanzas son una valla preciosa que impide que la acción fluya hacia el lugar equivocado. Mientras la dirección de la mente todavía vacila, no debemos tomar a la ligera esta norma clara.
Pero los preceptos puros que cultiva un bodhisattva van un paso más allá de recordar una larga lista de prohibiciones. El pasaje que leímos hoy en el Seonmun Jeongno, el camino correcto del Seon, explica esta esencia como una pureza que ha dejado el pensamiento discriminador. En cada instante de ver, oír, sentir y conocer, ya no se dividen las cosas por codicia, odio y engaño, de modo que queda menos espacio para que una mente perjudicial se arraigue y crezca.
Imagine una puerta de madera torcida. Al principio, para que no se mueva por sí sola, hay que ponerle un pasador por fuera y calzar una cuña debajo. El pasador y la cuña son dispositivos necesarios que sostienen la puerta. Pero si el marco y el eje mismo de la bisagra siguen torcidos, añadir más pasadores no hará que la puerta quede recta. Lo que al final hay que corregir es el eje sobre el que gira la puerta.
La práctica es igual. Cuando los preceptos contienen el cuerpo y la palabra, la mente se asienta. Cuando la mente se asienta, surge una quietud serena, y a medida que la quietud se profundiza, la sabiduría se aclara: se ven las cosas cercanas a como son, en vez de torcerlas para ajustarlas a nuestro propio deseo. Por eso los preceptos, la quietud y la sabiduría no son tres materias separadas, sino un solo camino.
Se enseña que, cuando la sabiduría libera a la mente de ser arrastrada por el surgir y el cesar, se alcanza la liberación; por la liberación se ve la naturaleza búdica; y el lugar donde se ve con claridad la naturaleza búdica conduce al gran nirvana. El texto original de la fotografía del libro lo dice con claridad: porque se alcanza la liberación, se ve la naturaleza búdica; porque se ve la naturaleza búdica, se alcanza el gran nirvana. Los preceptos puros son el primer paso de este largo camino y también el terreno que sostiene el camino entero.
Aquí, dejar el pensamiento discriminador no debe entenderse como un permiso para actuar como a uno le plazca. Afirmar que la propia mente ya es pura, y saltarse por eso los preceptos básicos, es como desechar el pasador mientras la puerta sigue torcida. El orden correcto es guardar fielmente la norma exterior mientras se examina también la codicia, el odio y el engaño que dan origen a la acción misma.
Cuando el eje de la mente queda recto, la acción virtuosa se convierte en una dirección natural en vez de algo forzado. Aun así, no se considere ya completo. Los preceptos puros comienzan al elegir algo que vio u oyó hoy y mirar con honestidad qué aferró y qué apartó en ese instante.
Los preceptos son una norma preciosa que contiene la acción errónea. Pero los preceptos puros van más allá de guardar prohibiciones: dejan el pensamiento discriminador para que una mente perjudicial no tenga espacio donde surgir. Cuando los preceptos asientan la mente, surge la quietud, y en la quietud la sabiduría se aclara, llevando hacia la liberación y la visión de la naturaleza búdica. Antes de añadir otro pasador, enderece el eje de su mente.