Una mirada que se ilumina a sí misma y acoge a los demás
Cuando nos miramos a nosotros mismos y cuando miramos a los demás, es fácil sacar varas de medir distintas. Para nuestros propios errores, pensamos que hubo circunstancias. Para nuestras propias carencias, pensamos que hubo razones. Pero ante el error de otra persona, juzgamos que esa persona es por naturaleza deficiente o descuidada. Darse cuenta de esta diferencia es el comienzo de la práctica.
La autojustificación puede hacer que la mente se sienta cómoda por un momento. Pero cuando el mismo patrón se repite, la fuerza para iluminar la propia mente se debilita y aparecen pequeñas grietas en las relaciones. La práctica no es la habilidad de juzgar a los demás con más precisión. Es el trabajo de mirar primero la dirección de nuestra propia mente antes de que surja el juicio.
Acoger a los demás no significa simplemente dejar pasar todo lo incorrecto. Podemos decir lo que debe decirse, pero no fijamos las carencias de la otra persona como si fueran toda su identidad. Recordamos que nosotros también somos seres capaces de hacer surgir una mente así. Cuando añadimos más reflexión hacia nosotros mismos y más comprensión hacia los demás, la compasión deja de ser una palabra abstracta. Se convierte en una fuerza real dentro de las relaciones.
Lo importante en esta enseñanza no es maquillar la mente a la fuerza ni intentar cambiarla de una sola vez. Primero notamos dónde está atrapada nuestra mente ahora mismo, y desde ahí elegimos un paso en una dirección más correcta. La práctica no es un acontecimiento especial y lejano. Aparece en las expresiones, las palabras, los juicios y la consideración de cada día.
No tomaré a la ligera solo mis propios errores. La reflexión y la comprensión amplían la compasión. Que hoy llevemos esta enseñanza a la vida diaria mediante pequeñas decisiones y pasemos el día iluminando la mente.