Una mente que sabe contentarse
Necesitamos alimento para comer, un hogar donde vivir y dinero para sostener la vida diaria. Es valioso asegurar lo que necesitamos y cuidar del cuerpo y de la vida cotidiana. Solo sobre esa base podemos dedicarnos a nuestro propio trabajo y convivir con los demás. La enseñanza de hoy no niega esta necesidad. Nos pide examinar el momento en que la mente que prepara lo necesario se convierte en un anhelo sin fin.
Al principio buscamos cosas para usar en la vida diaria, pero, con el tiempo, tener más puede convertirse en el centro del día. Incluso al descansar, pensamos en qué conseguir después, y nos preocupa que alguien nos lo quite o que perdamos lo que ya tenemos. El objeto puede estar en la mano, pero la mente no está libre. En lugar de mirar solo qué tenemos y cuánto, es necesario observar cómo se mueve la mente cuando se aferra y no suelta.
Cuando entra la comparación, incluso lo que era suficiente empieza a sentirse escaso. Puede que a nuestra propia vida no le falte nada, pero ver a alguien que tiene más puede hacernos sentir pequeños de pronto. Esta mente no se detiene en las posesiones. Puede extenderse al conocimiento, a la posición social e incluso al respeto que recibimos de los demás, con el deseo de afirmarlos y protegerlos. Cuando surja la mente que se mide con la de otros, vuelva a observar qué es lo que realmente necesita ahora mismo.
Imagine a alguien sosteniendo con ambas manos una cesta de frutas. Aunque ya tenga suficiente para comer, ver una cesta más grande cerca hace que apriete aún más. Teme dejarla caer, pero no logra soltarla. Esta es una imagen cotidiana que ayuda a comprender la enseñanza de hoy. No es la cesta en sí, sino la mente incapaz de soltarla, lo que puede agotarnos.
Lo que el budismo llama dana, o generosidad, es la práctica de observar esta mente aferrada y ofrecer algo desde ella. Entregar a alguien lo que necesita es valioso, pero si a eso se le añade el orgullo de 'fui yo quien ayudó', se crea otra forma de posesión. En lugar de aferrarse a la reacción o al elogio de quien recibe cada vez que da, intente soltar, aunque sea un poco, el apego a lo que es 'mío'. Lo que importa no es cuánto haya dado, sino cómo cambia la mente.
Incluso teniendo mucho, si siempre se desea más, es difícil sentir una sensación de suficiencia. Se abre espacio en la mente cuando cuidamos la vida que necesitamos con lo que ya tenemos, y sabemos ofrecer, dentro de ello, lo que podemos compartir. La conformidad no significa dar la espalda a las necesidades de la vida ni no tener nada. Comienza por usar con gratitud lo que hoy tenemos, notar la mente que desea más y teme perder, y ofrecer lo único que podamos compartir.
Es valioso asegurar lo que necesitamos para vivir. Pero cuando quedamos atrapados por el deseo de más, por la comparación con los demás o por el miedo a perder, se vuelve difícil usar con calma incluso lo que ya tenemos. Dar es una práctica para soltar el apego a lo que es 'mío'. En lugar de aferrarse al orgullo de haber dado, agradezca lo que tiene hoy y ofrezca lo único que pueda compartir.