Reconocer la felicidad que ya está a su lado
Cada uno de nosotros se esfuerza por ser feliz. Proveer lo necesario, hacer bien nuestro trabajo y buscar mejorar un poco más son partes necesarias de la vida. El problema surge cuando ese esfuerzo queda atrapado en la comparación y en el deseo de ser reconocidos. Cuando la mente mira siempre solo hacia el próximo logro y una felicidad mayor, lo que ya es valioso y está cerca se vuelve invisible, simplemente porque nos resulta familiar.
Cuando nos llega la noticia de un desastre repentino o de una pérdida, recordamos que los días comunes que se sucedían hasta ayer nunca fueron algo que debiéramos dar por sentado. Pero el sufrimiento de otra persona no debe consumirse solo como una lección para nuestra propia gratitud. Primero debemos respetar ese sufrimiento como sufrimiento en sí mismo, y dejar que nos lleve a cuidar con más atención a las personas y la vida cotidiana que todavía podemos proteger ahora mismo.
La felicidad no siempre llega de una forma que llame la atención. También puede esconderse en momentos tan familiares que pasamos de largo frente a ellos: comer con tranquilidad, caminar con nuestros propios pies, sentir el aire después de que ha dejado de llover, o saber que alguien cercano ha pasado el día sano y salvo. Solemos notar las funciones comunes del cuerpo solo cuando empiezan a fallar. Por eso, en lugar de compararnos con quienes están enfermos o han perdido algo, el punto de partida correcto es notar con atención las funciones que hoy se nos han concedido.
Valorar un día común no significa renunciar al deseo de seguir adelante, ni forzarnos a ver el sufrimiento como algo bueno. Por el contrario, ver con claridad nuestra vida presente es lo que deja en evidencia qué debemos proteger y qué debemos cambiar. La satisfacción no es resignación: es la fuerza que nos impide desperdiciar sin cuidado lo que ya tenemos, para poder elegir con sabiduría el siguiente paso.
Cuando la mente insiste en correr hacia algún lugar lejano, deténgase un momento y mire a su alrededor. Observe el árbol junto al camino que siempre recorre, las manos y los pies que hoy también cumplen su labor, la persona que en silencio permanece a su lado, como si los viera por primera vez. Lo valioso no es algo que se crea de nuevo: se revela en el instante en que reconocemos lo que nuestra mente ocupada había estado ocultando.
La felicidad, una vez reconocida, debe llevarnos al cuidado. Decir gracias, compartir una comida, atender lo que duele y no usar la naturaleza ni las cosas con descuido: estas pequeñas acciones son las que protegen un día común. Reconocer la felicidad que está a nuestro lado ahora no termina en nuestra propia comodidad; se convierte en compasión, que trata también como valioso el día de otra persona.
Para ser felices, tratamos de tener más, llegar más alto y ser más reconocidos. Pero cuando la mente mira siempre solo hacia lo que sigue, dejamos de ver el valor de un día común, de las personas a nuestro lado, de la naturaleza y del cuerpo. Un día en el que no pasa nada no es un tiempo vacío ni sin valor: puede ser la base misma de la felicidad. Reconozca lo que hoy da por sentado, y deje que eso lo lleve a actos de gratitud y cuidado.