Haga el bien, pero al hacerlo purifique la mente
El Dhammapada contiene un verso que casi todos conocen: no cometer ningún mal, practicar todo lo bueno y purificar la propia mente; esta es la enseñanza de todos los budas. Aunque es breve, encierra el núcleo mismo de la enseñanza del Buda.
De este verso, la parte que la gente deja pasar con más frecuencia es la tercera línea. Las dos primeras —no cometer el mal y hacer el bien— suelen recordarse sin dificultad. Pero sin la que viene después, 'purificar la propia mente', esas dos primeras pierden su rumbo. Porque es la tercera línea la que indica hacia dónde se dirigen el no hacer el mal y el hacer el bien.
¿Qué es entonces la conducta virtuosa? Es toda acción que disminuye o elimina los tres venenos —la codicia, la ira y la ignorancia— y deja crecer en su lugar la compasión, la sabiduría y una mente bondadosa. Por eso la conducta virtuosa no es una preparación para la práctica: el acto mismo ya es práctica.
Sin embargo, solemos entender el hacer el bien únicamente como un cálculo de causa y efecto: si hacemos algo bueno, algo bueno regresará, y así se va acumulando el mérito. Ese entendimiento no está equivocado. Pero si nos quedamos ahí, la buena acción se convierte en una transacción. Damos esperando tener más abundancia; servimos esperando ser reconocidos; soportamos esperando recibir una recompensa algún día. Así, cuanto más bien hacemos de esta manera, más crece junto con él el deseo.
Aquí está la razón por la que el Buda añadió la tercera línea. El propósito de dar no es llegar a poseer más, sino dejar que la mente, siguiendo el gesto de dar, retroceda un paso desde el lugar donde se apega y se aferra. El propósito de la paciencia no está en una recompensa futura, sino en que la ira vaya perdiendo fuerza mientras se soporta. Lo que hay que observar después de hacer el bien no es qué recibimos a cambio, sino qué se ha soltado en nuestra mente.
Vista de esta manera, la conducta virtuosa puede tomar muchas formas. Puede hacerse en silencio, a solas, donde nadie la vea. Puede seguirse conforme a la enseñanza de un maestro o un buen amigo espiritual. Y también puede compartirse, dando a conocer la buena intención a quienes nos rodean para que varias personas se sumen.
La conducta virtuosa hecha a solas tiene su propia fuerza. Como nadie se entera, queda poco espacio para que se cuele el deseo de ser reconocido, y eso facilita observar la propia mente. Y la conducta virtuosa hecha en conjunto tiene la fuerza de la unión: cuando varias manos se suman a lo que una sola persona comenzó, el beneficio se amplía mucho más y cada uno anima el ánimo del otro. Por eso, quien conoce algo bueno no debería guardárselo solo para sí, sino recomendarlo a quienes tiene cerca y tenderles la mano para que puedan sumarse.
Pero, ya sea a solas o en conjunto, lo que hay que observar es lo mismo. Al hacerlo a solas puede colarse en silencio el orgullo de 'hice esto sin que nadie lo supiera'; al hacerlo en conjunto puede crecer el pensamiento de 'yo fui quien dirigió esto'. En cualquiera de los dos casos, si nos quedamos detenidos en la idea de haber hecho algo bueno, la mente que queríamos aligerar se vuelve, al contrario, más pesada.
Por eso la conducta virtuosa no tiene medida de grande o pequeña. No es que solo una gran ofrenda se convierta en práctica y una pequeña bondad no cuente. Lo que define la profundidad de la conducta virtuosa no es cuánto se hizo, sino dónde estaba la mente mientras se hacía. Incluso al ofrecer un solo plato de comida puede haber una práctica que purifica la mente, y aun haciendo algo grande, si solo se está llevando la cuenta, la mente permanece igual.
Si hoy hace una buena acción, deténgase un momento después de terminarla. En lugar de calcular qué recibirá a cambio, observe si la mente aferrada se aflojó un poco, si la ira se apaciguó un poco, mientras la realizaba. Cuando existe esa observación, la buena acción no se queda solo en acumular méritos: se convierte en una práctica que purifica la mente.
No haga el bien sin más. Hágalo teniendo presente la práctica. Solo entonces la buena acción no se queda en el mérito, sino que madura hasta convertirse en sabiduría.
Detrás de la enseñanza de no hacer el mal y hacer el bien hay otra línea: purificar la propia mente. El propósito de una buena acción no está en el mérito que trae, sino en la claridad que aporta a la mente. Haga hoy algo beneficioso, y observe no lo que recibió, sino lo que soltó.