Las emociones se pueden gobernar
La gente suele decir: «Así soy yo, así es mi manera de ser» o «¿cómo va a cambiar alguien a esta edad?». Es cierto que las tendencias y los hábitos de toda la vida no cambian fácilmente. Pero eso no quiere decir que tengamos que aceptar cada emoción que aparece ahora como un destino del que no podemos escapar.
Una emoción no es todo lo que soy. Es un fenómeno que aparece en este momento en la mente. Puede surgir ira, tristeza, miedo, rencor. Así como cambia el clima, cambian también las condiciones de la mente: cuando se juntan ciertas condiciones, aparece una emoción, y cuando esas condiciones cambian, se va disolviendo.
Lo importante aquí no es negar la emoción ni reprimirla. Tampoco se trata de decir de inmediato lo que la emoción nos dicta. La conciencia es reconocer, tal como es, que esta emoción ha surgido, y observarla.
Si, en cambio, creemos de inmediato que esa emoción somos nosotros mismos, nos arrastra con ella. Cuando pensamos «soy pura ira», es fácil confundir las palabras de la ira con las palabras que deberíamos decir. Pero si vemos «en este momento está surgiendo ira en mi mente», se abre un pequeño espacio entre la emoción y la acción. Ahí, en ese espacio, comienza la práctica.
Sentir ira no significa que tengamos que sacarla. Primero podemos notar que la ira ha surgido y observarla un momento. Aunque la fuerza de la emoción siga ahí, aparece un margen para elegir si la volcamos en palabras y acciones o no.
En el budismo, la conciencia no es una observación fría de la emoción. Es ver con sabiduría dónde surgió el sufrimiento y encaminar esa energía hacia la compasión, para que no nos dañe ni a nosotros ni a los demás. Practicar es elegir con sabiduría la siguiente palabra y la siguiente acción, sin dejarnos llevar por la emoción.
Las emociones son como las nubes. Así como las nubes se forman en el cielo y se dispersan, las emociones surgen y pasan según las condiciones. Un cielo nublado no se vuelve pura nube. De la misma manera, que surja ira en la mente no me convierte a mí en esa ira.
Cuando nos aferramos a una emoción, se vuelve apego; cuando la seguimos tal cual es, se vuelve fácilmente karma. Pero cuando la reconocemos y la observamos, esa misma emoción se convierte en material para la práctica. No pasa nada si la conciencia llega un poco tarde. Si ya dijo algo, piénselo con calma y vaya formando el hábito de notarlo un poco antes la próxima vez.
La manera de ser lleva las huellas de un hábito antiguo, mientras que la emoción es un movimiento del instante. Notar una y otra vez ese movimiento del instante va cambiando nuestros hábitos de reacción. Y a medida que esos hábitos cambian, poco a poco pueden cambiar también la manera de ser, las relaciones y el rumbo de la vida.
Practicar, entonces, no es volverse alguien que no siente ninguna emoción. Es volverse alguien que sabe cuándo surge una emoción, no se deja llevar por ella, y puede elegir la siguiente acción con compasión y sabiduría. No se trata de borrar la emoción, sino de volverse su dueño.
Una emoción no es todo lo que soy, sino un fenómeno que surge en este momento en la mente. Cuando vemos, no «soy ira», sino «está surgiendo ira en mi mente», se abre un pequeño espacio entre la emoción y la acción. Elegir la siguiente acción desde ese espacio, con compasión y sabiduría, es práctica.