Cuidar el cuerpo sin aferrarse a él
Reflexionar sobre la impermanencia del cuerpo no es una forma de ver la vida con tristeza. Así como un castillo de arena cae ante el viento y las olas, una flor en plena floración se marchita e incluso una casa sólida envejece con el tiempo, el cuerpo cambia según las condiciones. Cuando no dejamos de lado el hecho de que el cambio es inevitable, podemos mirar con más honestidad el tiempo que se nos ha dado.
Si nos aferramos firmemente al cuerpo como un yo permanente, el miedo y el resentimiento crecen cada vez que llega un cambio. El deseo de no perder nunca la juventud, la apariencia o la salud puede extenderse fácilmente a aferrarse a la riqueza, el estatus, el poder y las relaciones como las mías. Contemplar los cambios del cuerpo no es renunciar a la vida; es notar dónde comienza el apego.
Sin embargo, no hay necesidad de despreciar o descuidar el cuerpo. La belleza actual de una flor no se borra porque se marchite. Una casa no deja de ser preciosa para albergarnos hoy porque algún día se desgastará. La impermanencia y la inutilidad no son lo mismo.
También debemos distinguir entre cuidar el cuerpo y aferrarnos a él. Comer bien, descansar, recibir tratamiento y mover el cuerpo nutren la base que permite continuar la práctica. Exigir que el cuerpo permanezca siempre joven y perfecto, u odiarlo por cambiar, puede convertirse en otra forma de apego. El cuidado exige compasión, mientras que liberar el apego exige sabiduría.
Con este cuerpo podemos inclinarnos, sentarnos, caminar, observar la respiración y cultivar la mente. Podemos aligerar la carga de otra persona, ofrecer una palabra cálida, dar con generosidad y servir. El cuerpo no es una posesión que podamos conservar para siempre; es una valiosa base de práctica mediante la cual podemos crear causas beneficiosas y cultivar la sabiduría ahora.
Reflexionar sobre la muerte no significa vivir con la mirada fija sólo en la muerte. Saber que la vida terminará no significa que el hoy carezca de sentido. En cambio, nos llama a estudiar todo lo que podamos ahora, disculparnos mientras podamos, ayudar cuando podamos y cultivar la mente mientras esté presente la oportunidad.
Cuando el cuerpo esté enfermo o ya no se sienta como antes, no se culpe. El estado del cuerpo no determina el valor de una persona ni la profundidad de su práctica. Cuídelo tanto como pueda y elija una postura, una respiración y una acción beneficiosa que sean posibles ahora. La práctica no comienza solo después de obtener un cuerpo perfecto; consiste en aprender a permanecer despiertos junto a un cuerpo que cambia.
Hoy, atienda tranquilamente una parte de su cuerpo. Observe tanto la gratitud como la incomodidad y realice el cuidado necesario sin miedo ni aversión exagerados. Luego lleve la fuerza nacida de ese cuidado a un período de meditación, una palabra amable o una acción beneficiosa.
El cuerpo no es una posesión eterna que podamos conservar, sino un instrumento de práctica que nos permite vivir correctamente ahora. En lugar de pasar el tiempo temiendo el cambio, cuide con sabiduría el cuerpo de este momento y úselo para el bien.
Por muy sano que esté el cuerpo, no podemos conservarlo para siempre. Sin embargo, su naturaleza cambiante no es razón para odiarlo ni descuidarlo. Dé al cuerpo el cuidado que necesita, y practique y haga el bien de las maneras que ahora sean posibles.